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Colombia y las FARC: ¿fin histórico de la guerra de guerrillas?

Sobre la guerra civil colombiana

Si la “paz” es –por razones elementales de eutaxia- la salida para Colombia, hay que decir a la vez que la “paz” es siempre la victoria

Lunes 14 de julio de 2008, por ER. Maracaibo

A partir del recambio en la comandancia de las FARC y los contundentes golpes recibidos por la guerrilla, Chávez parece haberse dado cuenta ya de lo que en sus palabras sería la culminación de la “época de la guerra de guerrillas”

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Las tropas de las FARC: ¿fin de la guerra de guerrillas?

Los últimos acontecimientos en la guerra civil colombiana han generado algunas reacciones desde Venezuela y Cuba que pueden ser consideradas como claves para la comprensión del actual curso del conflicto.

En los últimos meses, la posición del gobierno bolivariano tenía dos componentes centrales: reconocimiento de un estatuto político para las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y la estrategia de los “acuerdos humanitarios” para el intercambio de rehenes por guerrilleros prisioneros. Sin embargo, a partir del recambio en la comandancia de las FARC y los contundentes golpes recibidos por la guerrilla, la postura venezolana ha pasado del estatuto de beligerancia política y los “acuerdos humanitarios” a la entrega incondicional de secuestrados –Chávez parece haberse dado cuenta recientemente de lo que en sus palabras sería la culminación de la “época de la guerra de guerrillas”.

Por su parte, Fidel Castro –nos abstenemos de decir si la posición de Castro es o no la posición oficial del gobierno cubano- pretende introducir un matiz a la entrega incondicional de rehenes: esta entrega no supondría necesariamente la deposición de las armas. A su juicio, lo que justifica ideológicamente esta operación es, por supuesto, la “paz”, sobre la cual Castro afirma que es tan “lejana y difícil como otras muchas metas de la humanidad”.

La pregunta inevitable es: ¿acaso un secuestrado no forma parte de las armas de las FARC? Por tanto ¿no es la entrega incondicional de secuestrados una forma implícita de deposición de las armas? Como se sabe, la guerrilla se alimenta económicamente, entre otras cosas, de los pagos por secuestrados y de sus vínculos con el narcotráfico. En este sentido, los secuestrados son parte sustantiva del soporte material de la lucha armada, no algo “externo” a la misma y de lo que quepa prescindir.

Chávez y Castro intentan ocultar que en Colombia no hay paso posible de la lucha armada a la política de partidos: en el último intento de los guerrilleros de pasar a la vida civil fueron literalmente exterminados. En efecto, en este momento los guerrilleros sólo pueden esperar obtener beneficios económicos y políticos por sus deserciones y delaciones, alcanzar el asilo político en países extranjeros (como Francia) u optar por los remedos ideológicos (propuestos por Venezuela y Cuba) de salidas “dignas” que sólo pueden encubrir la “deshonra” de su derrota militar.

Por otra parte, Castro y Chávez ya no aluden a la guerra civil colombiana en los términos que propiamente la definen: la lucha de clases (de hecho, con la vuelta del revés de Marx sabemos ahora que ésta, la lucha de clases, está subordinada a una dialéctica de rango superior: la dialéctica de Estados).

En todo caso, en el estado actual de las cosas y desde el más riguroso realismo político -y realismo no es posibilismo-, la única izquierda definida y realmente existente en Colombia es la guerrilla de las FARC: demandando la siempre postergada cuestión agraria y en lucha contra los terratenientes, está ideológicamente orientada a la toma del poder del Estado y a su reconfiguración revolucionaria; ha logrado durante décadas mantener la situación de “doble poder” dentro del territorio; y posee herramientas organizativas –económicas, políticas y militares- junto a amplias bases sociales de apoyo (principalmente, campesinas).

Ahora bien, lo que en verdad están implícita o explícitamente diciendo Castro y Chávez es que las FARC han sido política y militarmente derrotadas y que, por tanto, tienen que rendirse y entregarse. El paso de la estrategia de los “acuerdos humanitarios” –en los que la guerrilla podría, por ejemplo, mejorar su “imagen” en el campo nacional e internacional, o intercambiar, como organización política dentro de un estatuto reconocido de beligerancia (como grupo insurgente y no como mafia terrorista), los secuestrados en su poder por los presos en poder del gobierno-a la estrategia de la “entrega incondicional” está directamente determinado por el vertiginoso avance de las fuerzas del gobierno colombiano.

En la guerra civil colombiana, Chávez y Castro se pliegan –por realismo político- al bando más fuerte: aíslan geopolíticamente a las FARC y respaldan implícitamente la política de Uribe. En este sentido, más allá de la demagogia revolucionaria, socializante y “anti-imperialista”, sucumben –como no podría ser de otra manera- a las relaciones de fuerzas existentes: al Imperio. ¿Y no es acaso esto otro modo de decir que el fin de la guerra de guerrillas es su derrota en el campo de batalla?

El Estado colombiano –orgánicamente coimplicado con el Imperio- es con diferencia el Estado más fuerte de la región andina. Dentro del territorio no controlado por la guerrilla, su gobierno mantiene una verdadera política de masas que soporta a todo el régimen; su superioridad militar es tácitamente reconocida por los Estados fronterizos (Venezuela y Ecuador no pueden contestar las incursiones colombianas en sus respectivos territorios, como ha ocurrido al menos en dos ocasiones en el transcurso de 2008); y, en último término, sus victorias militares son las que están marcando el ritmo de la construcción de la “paz” y definiendo los términos en los ésta podría llegar a ser resuelta.

Al estar toda la política colombiana subsumida en la lógica de la guerra, sólo cabe estar con el gobierno o con la guerrilla. En una situación de “doble poder”, parece más importante el triunfo de uno de los adversarios que cuál de ellos sea el que triunfe. En el estado actual de la guerra, el gobierno muestra claramente su ventaja –es indiferente si la “liberación” de Ingrid Betancourt es o no un montaje mediático: el éxito del montaje es también una muestra de fuerza-, mientras la guerrilla aparece dividida, cercada y en repliegue.

Si la “paz” es –no por otra cosa sino por razones elementales de eutaxia- la salida para Colombia, hay que decir a la vez que la “paz” es siempre la victoria. Por tanto, quien esté más cerca de ésta estará también más cerca de aquélla. En este momento, sólo la estrategia bélica del bloque uribista puede conducir a la “paz”.

En una situación de guerra prolongada y debilitamiento de la guerrilla, no parece quedar otra opción política que apoyar al bloque uribista, aun sabiendo que no es otra cosa que una prótesis orgánica del Imperio y de los intereses oligárquicos en Colombia. No, por supuesto, porque haya que apoyar a la “democracia” de la “humanidad” en su lucha contra el “terrorismo”, sino porque el gobierno colombiano es la única fuerza que, dentro de las fuerzas existentes, puede superar política y militarmente la crisis de “doble poder” y reforzar en Colombia la unidad “nacional-estatal”. A pesar de ser una izquierda política definida, la derrota de las FARC –como, ciertamente, su (imposible) victoria- implicaría la recomposición del Estado colombiano como una entidad política unitaria. Mientras el bloque uribista consolida su hegemonía y su dictadura, la permanencia de la guerrilla –utilizada sistemáticamente como justificación para toda intervención contra las organizaciones populares contrarias al gobierno, sean o no explícitamente favorables a la guerrilla- hace materialmente imposible la recomposición de las fuerzas “nacional-populares”.

Ante este escenario, es difícil decir si se trata de cinismo o imbecilidad cuando Castro culmina su comunicación sobre Colombia con la siguiente frase: “Nunca apoyaré la paz romana que el imperio pretende imponer en América Latina”.


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