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Ante la aprobación de la normativa que regula la inmigración a la Unión Europea

Inmigración y demagogia de ida y vuelta

En Hispanoamérica han vuelto a mostrar que se han tragado la Leyenda Negra

Viernes 27 de junio de 2008, por Grupo Promacos

La normativa de la Unión Europea que califica la inmigración ilegal como delito, pese a ser refrendada mayoritariamente en el Parlamento Europeo, no sólo tardará en aprobarse dos años, sino que carece de fuerza vinculante, como tantas otras disposiciones de la Unión Europea.

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Hispanos de ambos hemisferios
Vinculados históricamente en la inmigración de ida y vuelta

Por ejemplo, la que aumenta la jornada laboral de 48 a 65 horas no obliga a ningún país miembro a realizar esta modificación, sino que simplemente prescribe una solución para evitar la desaceleración económica y mantener así las rentas del Estado del Bienestar. Cada estado de la Unión Europea es soberano y puede tomar las decisiones que considere oportuno, sin vincularse de manera incondicional a ninguna normativa.

Desde Hispanoamérica se han levantado voces críticas contra lo que ellos denominan «Europa», rasgándose las vestiduras por considerar hipócrita que «los europeos», que acudieron a esos países emigrando desde la miseria, ahora no permitan que los hispanoamericanos vayan a Europa a aliviar sus penurias. Pero, ante todo, se pondrá a España en el punto de mira, a quien se acusará, siguiendo la habitual versión de la Leyenda Negra, de provocar un flujo migratorio sin precedentes, desde la conquista de América hasta la independencia hispanoamericana, que esquilmó las riquezas de Hispanoamérica (Latinoamérica dirán ellos, para parecer más progresistas) y exterminó a la población indígena, provocando su situación de penuria actual y convirtiendo a España en próspera a costa de los desdichados americanos.

Sin embargo, desde el Grupo Promacos consideramos confuso, cuando no falso, hablar de Europa como una unidad que emigró en masa poniendo como elemento principal de esa emigración a España. En primer lugar, porque en 1492 no había en América más fronteras establecidas que las que demarcaban los imperios inca, azteca y maya; el resto, salvo muy localizadas «ciudades-estado», como los chibchas, eran sociedades tribales, preestatales. Las naciones hispanoamericanas son, por lo tanto, resultado de la colonización y civilización que España trajo a América, situación que permitió la independencia posterior de las naciones actuales, muchas de ellas conservando el grueso de su población indígena, al contrario de las naciones anglosajonas como Estados Unidos, donde los indios fueron literalmente exterminados y recluidos como animales en granjas (reservas).

Así, más de trescientos años de Imperio universal hispanoamericano permitieron unas relaciones intensas que no desaparecieron con la independencia, sino que se mantuvieron más adelante en la forma de inmigración de ida y vuelta de España a Hispanoamérica y viceversa. Gracias a los vínculos históricos e idiomáticos, ha sido posible que los descendientes de indianos españoles retornen a España sin demasiados problemas y que los hispanoamericanos acudan en masa a España hoy día, sin que la coyuntural inmigración italiana («latina», según algunos) o alemana del siglo XIX a Hispanoamérica haya provocado el mismo fenómeno, ni en cantidad ni en calidad, de ida y vuelta con Italia o Alemania.

No obstante, la inmigración tiene un componente económico que difiere según las distintas coyunturas históricas. Una vez proclamada la independencia, el primer objetivo de los países hispanoamericanos era proveerse de nueva mano de obra: «Gobernar es poblar», en frase de Juan Bautista Alberdi. Situados entre los países más ricos del mundo gracias a que no provenían de una situación de explotación colonial y por sus abundantes recursos, pese a la demagogia de Eduardo Galeano y otros, los países hispanoamericanos fueron un atractor de inmigración europea sólo cuando comenzó a vislumbrarse el comienzo de la sociedad industrial en Hispanoamérica, mientras las plantaciones y el trabajo más duro quedaban para los emigrantes orientales. Así, muchos de estos ciudadanos europeos, huyendo de su posición de ejército de reserva del capitalismo en sus naciones, se convirtieron en América en empresarios prósperos.

Pero esta emigración, tan necesitada por algunos países como Paraguay, que tras la Guerra de la Triple Alianza quedó literalmente vacío, comenzó a ser un problema ya avanzado el siglo XX, debido a que el número de extranjeros residentes era grande. Así, a partir de la década de 1930 los países hispanoamericanos pusieron enormes trabas para el ingreso de inmigrantes en sus fronteras. Tras la Segunda Guerra Mundial, ante el flujo incesante de emigrantes, principalmente españoles, Argentina aprobó que sólo podían entrar en el país quienes tuvieran algún familiar residiendo en él.

De esta manera, la posibilidad de blindar fronteras ante una inmigración masiva no es para nada novedosa ni inhumana, sino algo que se aplicó en la propia Hispanoamérica para evitar los desórdenes públicos que la inmigración suele causar. Si bien los actuales inmigrantes no pueden hacer fortuna, sino simplemente mantener a sus familiares, siguen provocando reticencias en los naturales de cada país. Si en el siglo XIX los indianos eran envidiados por su enriquecimiento, en la actualidad la clase media española ve con recelo la inmigración ilegal, pues es responsable de la bajada de salarios en los oficios menos cualificados, que son abandonados por los españoles a causa de que tan baja remuneración no sirve ni para mantener una familia numerosa ni para el consumo habitual que exige la sociedad de mercado pletórico: hipoteca, utilitario, ocio, &c.

Por lo tanto, ni «Europa» puede criminalizar la inmigración si carece de soberanía concreta sobre las fronteras de sus estados miembros, ni tampoco cabe llevarse las manos a la cabeza cuando los países de destino intentan regular la inmigración. Sólo desde la demagogia habitual de los dirigentes hispanoamericanos, que ven en la inmigración desregulada una forma de librarse del problema del paro que les acucia, cabe levantar la voz e invocar la Leyenda Negra contra España, intentando guardarse las espaldas ante sus electores con sus demagógicos discursos habituales.


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