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Los EEUU pueden exportar productos que contengan coca, Bolivia lo tiene prohibido

Una grave preocupación para Bolivia: cambiarle el nombre a Coca-Cola

La Comisión para la reforma de la Constitución aprueba a trámite una curiosa propuesta de productores y comercializadores cocaleros

Martes 20 de marzo de 2007, por ER. Cochabamba

Cocaleros de todo el país, la mayoría afines al MAS, gobierno del partido electo, han propuesto que se prohíba a empresas extranjeras usar el nombre de la «sagrada» hoja de coca porque, según su criterio, daña a la «dignidad» nacional de Bolivia

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Si no fuera porque la palabra puede atribuirse a malas interpretaciones, podríamos decir que tanto el señor Evo Morales, como los miembros de su gobierno, así como de su partido político, el MAS, han caído bajo un singular fenómeno de «encocamiento», lo que para nuestra lengua española habría de referirse a todo aquel individuo u organismo que se halle obnubilado por las supuestas ventajas de la hoja de coca, sobre la cual (al parecer) no deben escatimarse medios a la hora de «limpiar» su «sagrado» nombre y las maravillas de sus propiedades.

Y es que parece no existir otra precupación más acuciante (como por ejemplo, las reformas educativas, industriales, o incluso las consecuencias de «El Niño» sobre las tierras andinas, etc, etc) que la de proponer que en la reforma de la Constitución, que habrá de ser redactada con cierta prontitud, y que cierra de alguna forma el círculo de expectativas a partir de las cuales el presidente anuncia elecciones anticipadas para 2008, se prohíba el uso del nombre de la «sagrada» (sic) planta en productos comerciales extranjeros.

Que el país más pobre de Sudamérica se ocupe ahora de enfrentarse, como un David con Poncho rojo contra el Gigante americano del refresco de la fórmula «misteriosa» nos parece uno más de los chistes sin gracia que suele repartir el gobierno de Bolivia ocasionalmente, solo para hacernos discernir que, aunque las cosas no vayan bien, ellos tienen el «patrimonio» de su cultura, tal y como han declarado ahora respecto a la susodicha hoja de coca.

Sabemos que la batalla viene de lejos, y que viene referida a las pretensiones moralistas para que la ONU deje de considerarla como sustancia prohibida. Y decir la ONU es decir EEUU, como hablar del imperio americano es hablar sin duda – para este caso - del contencioso que libra Bolivia contra el gobierno de Bush II respecto a la producción actual de hoja de coca, y las superficies cultivadas permitidas. Todo esto no sería nada nuevo si no fuera porque ahora esta pugna desigual se traduce en la absurda ambición de destruir el nombre de una multinacional más poderosa que el propio país andino, solo por respetar el «sagrado» atributo de la hoja «prodigiosa».

El hecho de que se pueda redactar en la Constitución algo semejante, atribuyendo a la hoja de coca el atributo de «sagrado» (es decir, bajo el reino de las supersticiones indígenas, que a menudo son disfrazadas por el consuelo de la «cultura»), no solo es indigno para las reformas sociales y económicas que se proponen para reflotar Bolivia, sino que clarifica la brumosa posición ideológica de aquellos que, para ensalzar las propiedades de un producto autóctono, lo glorifican como si no hubiera otra cosa en el mundo, o como si fueran ellos sus señores absolutos: ¿acaso le importa a alguien que ciertos políticos bolivianos quieran que Coca-Cola suprima el nombre de «Coca» en su refresco, cuando los directivos de esta multinacional aún deben estar llorando de risa ante tamaña broma, tan ridícula como patética? ¿Se puede poner puertas al campo? Y, en todo caso, en la circunstancia de que a alguien le importara este «grave problema» de nomenclatura comercial, ¿sirve esta medida para paliar el hambre de Bolivia, para las anunciadas reformas educativas, para industrializar el país con tejido propio? Claro que la cosa no acaba ahí, desde luego…

Y es que, no contentos con cambiarle el nombre a Coca-Cola, siempre se puede ir un paso más allá en el disparate, y es el de cambiar los símbolos de la bandera nacional. Acaso conscientes del poder que «emana» de los símbolos populares, la propuesta de estos insignes miembros «encocados» del MAS consiste también en sustituir el laurel y el olivo de la bandera boliviana por la reincidente hoja de coca, a la que parecen querer tener hasta en la sopa (y al decir esto mucho nos tememos que más de uno piense en tal posibilidad, acaso como reconstituyente, y es que la buena «sopa de coca» también podría comercializarse, quién sabe si en polvos, servidos al por mayor en el mercado pletórico), aunque parece que esta medida, apéndice de otras varias respecto a un llamado «proceso de dignificación» de la coca, no posee todo el consenso que debiera tener para llegar a buen puerto.

Y por supuesto, si no faltan los argumentos «culturales» sobre la coca, con los que se puede justificar cualquier cosa, como si la cultura fuese un sello de garantía moral para un Estado (y como si actos absurdos e irracionales como las creencias arcádicas, por ejemplo, no pudieran ser criticados solo porque hay una masa de población inculta que cree en ellas, y que por tanto se convierten en «cultura» popular), como tampoco faltan los económicos (los únicos que podemos creernos, entre tantas idioteces), siempre puede apelarse al «hecho indígena», el llamado hecho diferencial, una estupidez arbitraria que los nacionalismo acuñan por lo común, y que, por curioso que parezca, nos recuerda mucho a las «simpatías» del MAS con miembros de la «Izquierda Aberchale» vasca, afín a la banda asesina ETA; es decir, a defender el producto porque, no solo es bueno para la salud, sino porque también sirve para las ceremonias religiosas indígenas, porque «Bolivia es eso», un refugio donde la «reserva moral de la Humanidad» (como la nombró el señor Morales) libra sus ritos con la sagrada hoja de sus antepasados; donde la hoja de coca es, si nos apuran, Bolivia misma, su símbolo más reluciente y todo aquello a lo que se puede aspirar para su posible desarrollo.

Quizás el señor Evo Morales planea promocionar un nuevo refresco (tal y como ya se ha dicho numerosas veces, la «auténtica» Coca-Cola por decirlo de algún modo) al que, para diferenciar de su gigantesco enemigo americano (entre las «negras aguas» del capitalismo, como han dicho algunos miembros del gobierno de Morales) se llame la Poncho-Cola, la Pluma-Cola, la Quechua-Cola, u otro cualquiera que debemos reservarnos, principalmente para no dañar la futura marca registrada comercial.


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