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El analista económico Horst Grebe ha declarado que el PIB se va a ver claramente perjudicado como consecuencia de este desastre natural

Morales acusa a los países industrializados del primer mundo de los desastres que ha provocado el fenómeno climático «El Niño»

Reacciones políticas a la destrucción ocasionada por las inundaciones de las últimas semanas

Miércoles 7 de marzo de 2007, por ER. Cochabamba

Tras asolar las zonas sur y este de Bolivia, un fenómeno climático, conocido por el nombre de «El Niño», ocupa ahora todas las prioridades del gobierno boliviano, con exigencias al «mundo rico» incluidas

Definitivamente Bolivia es un eterno enfermo aquejado siempre de viejas y nuevas dolencias. Si no se recurre a los antiguos problemas (estructurales, enraizados en la ideología, la distribución de la renta, la segregación racial apelada a razones «culturales», etc, etc) aparecen nuevos obstáculos que ponen en graves aprietos, si es que no amenazan con destruirlo, el plan reformista de Evo Morales. Y es que las inundaciones que se han producido en las últimas semanas por efecto del fenómeno climático «El Niño» han causado destrozos multimillonarios en la zona sur y oriental del país.

Pérdidas en infraestructuras que son básicas para crecer con un tejido industrial propio, y que hacen cambiar de forma brusca los proyectos trazados por el ejecutivo para este año. El analista económico Horst Grebe ha declarado que el PIB se va a ver claramente perjudicado como consecuencia de este desastre natural que «algunos» han querido teñir con la lógica idealista e hipócrita de ciertos sectores «verdes» o ecológicos, tales como Greenpeace. Ahora el gasto, en lugar de ir a parar a las industrias y sectores que tanta necesidad tenían para crecer bajo el nuevo modelo, se encauza previsiblemente hacia la reconstrucción de los territorios destruidos. Treinta y cinco muertos y el brote de diversas epidemias son, por ahora, el siniestro balance del paso de «El Niño» por estas tierras andinas, a menudo convulsas por otras razones.

Pero sobre todo llaman la atención actitudes como las del prefecto de La Paz, José Luis Paredes, que ha sugerido al presidente que se «reclame» (lo que es lo mismo que decir que se exija) a los países industrializados una «compensación» directa por el desastre. Es decir, que para ciertas instancias de la política boliviana el gran culpable de que hayan muerto 35 ciudadanos bolivianos y que se hayan devastado algunas zonas del territorio, no es (como prestigiosos meteorólogos de muchas partes del mundo, o físicos respetados podrían aducir) un fenómeno climático, sino fundamentalmente industrial, aplicado al propio sistema capitalista y a sus resortes competitivos. «El Niño» no es para ellos un suceso periódico, tan devastador en otras épocas como lo es ahora, sino la consecuencia implícita de modelos de producción sobrecargados por la maquinaria industrial del primer mundo.

¿Pero hasta qué punto, un cambio en las masas de aire que generan un retardo de las corrientes marinas y que producen (a su vez) un calentamiento de las aguas sudamericanas, puede vincularse – de modo inequívoco- al sistema capitalista de hoy? A nosotros nos parece tendencioso y sesgado (y cuando menos discutible) este juicio, y demuestra dos cosas básicas:

1ª) Que bajo la corteza de las buenas intenciones (esto es, poner de manifiesto lo que de hecho debe ponerse, a saber, el deterioro del medio ambiente siempre que se lleven a cabo políticas industriales sin escrúpulos, como sucede con las aguas del mar mediterráneo en Europa, por ejemplo) se esconde una supina ignorancia acerca de las causas reales del propio fenómeno, el cual (bueno es recordarlo) ha causado, no ahora, sino muchas otras veces, y en otras épocas, desastres semejantes, solo aliviados cíclicamente por la aparición de otros periodos más benignos, o por contraste con el ciclo opuesto llamado «La Niña».

2ª) Que bajo estas «exigencias» también se esconde un matiz de reservada hipocresía, pues también Bolivia necesita alcanzar niveles de producción industriales para crecer y desarrollarse: ¿lo harán siempre bajo «energías verdes», respetando su «hábitat», y teniendo en cuenta que el sistema capitalista (en mayor o menor medida) genera siempre externalidades negativas, tan indeseables como ineludibles (expulsión de CO2, vertidos, etc) y que forman parte de la propia contradicción vigente en la asimilación de recursos? ¿Acaso no pretende Bolivia crecer como lo hacen las naciones más ricas, y en tal caso, consumir recursos, y hasta cierto punto «contribuir» (obviamente de forma inevitable, pese a quienes no quisieran que esto ocurra) a su cuota «mundial» de contaminación, como sucede en el primer mundo con el gran número de vehículos automóviles, aparatos mecánicos y electrónicos, fábricas, etc, etc, asociadas al llamado «progreso»?

Dice el señor Morales que la política industrial ha provocado el llamado «calentamiento global» (fenómeno que debe ser observado con prudentes reservas, y sin la visión catastrofista de Al Gore, por ejemplo), y que son los «países pobres» los que lo sufren; nada más lejano que esto. En primer lugar, porque para establecer un vínculo real entre el desastre de Bolivia y la política industrial hay que demostrarlo (por el momento, el fenómeno climático es algo mucho más difícil de «cambiar», «manipular», o «retorcer» de lo que tantos y tantos demagogos piensan o sospechan), y en segundo porque, en todo caso, un supuesto cambio del clima genera pérdidas y desperfectos para todo el planeta, y no solo para los «pobres».

Todo ello sin perjuicio de que veamos que existen países muy «contaminantes» (industrias desarrolladas de un país como EEUU, que al contrario de lo que algunos dicen, no es que «no respete» el Tratado de Kyoto, sino que nunca se adscribió al mismo, con lo cual es difícil respetar aquello en lo que uno no participa; o bien industrias de países en decadencia, con plantas nucleares en mal estado, vertidos químicos residuales que se vomitan a ríos, mares, etc), y que esto supone desde luego un problema de difícil solución, por cuanto que enfrentamos modelos distintos en un sistema que, lejos de ralentizarse, siempre va «a marchas forzadas». En la lógica abominable del capitalismo desmedido – tan vitoreado por los «teólogos» liberales – si uno reduce su «ritmo» productivo (aunque sea a costa de mayores costes invertidos en no contaminar) otros con menos escrúpulos usarán esta «debilidad» ambiental para producir más en el mercado.

No obstante, no hay ningún vector malévolo que impulse las corrientes hacia el desdichado rincón de los «oprimidos», y si lo hubiera, (tratándose, como aseguran los apocalípticos medio ambientales, de un «suceso global») también causaría graves daños en los países del primer mundo. De cualquier modo, mala suerte la que vuelve a cebarse con Bolivia, que parece como alguien convaleciente que, cada vez que trata de levantar la cabeza, vuelva a caerla por el peso de nuevos apuros.

Lo que está claro es que, sea como sea (y en eso nos sumamos a las peticiones del señor Evo Morales) pronto se necesitará ayuda de los países más ricos, pero no porque ellos sean los responsables (lo que, en un extremo absurdo, sería acusarles de tanta destrucción) de la propia catástrofe boliviana, sino porque son los que más recursos poseen, y a los que puede interesar (con las salvedades imperiales pertinentes) que Bolivia crezca, se desarrolle y sea parte de un mercado amplio que beneficie no solo a unos pocos.

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