El Revolucionario

Portada > América > Bolivia > Camiri, o la futura problemática de las nacionalizaciones

Ante las nacionalizaciones en las zonas petrolíferas

Camiri, o la futura problemática de las nacionalizaciones

La presión continua sobre el gobierno para la refundación de YPFB plantea ahora el espinoso asunto sobre la «prudencia política» de tales acciones

Martes 6 de febrero de 2007, por ER. Cochabamba

La pugna que en esta ocasión enfrenta al gobierno con la localidad de Camiri, tradicionalmente considerada «capital petrolera» de Bolivia, reabre el debate sobre el curso que han de llevar las nacionalizaciones y los efectos de éstas en el plan reformista

JPG - 21.8 KB

Cuando hace un año, el señor Evo Morales anunció que realizaría una firme política nacionalizadora, en virtud de la cual Bolivia pudiera «mantener» la riqueza dentro de su territorio, evitando así la posible «depredación» de multinacionales, una gran cantidad de sus partidarios se sumaron al entusiasmo patriótico. La nacionalización sería casi la panacea de los males endémicos del país, o eso prometió su presidente al insertar dichas acciones futuras en su ambicioso proyecto reformista.

Sin embargo, a día de hoy, el populismo mediático de la «nacionalización patriótica» ha causado peores males que los que pretendía subsanar, pues eso mismo es lo que ocurre, desde hace varias jornadas, en Camiri, donde casi toda la población «insta» de manera casi inmediata a que se nacionalicen las empresas del entorno de los hidrocarburos, y se refunda la estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos. Naturalmente, como todos los problemas complejos a los que ya hemos aludido (y Bolivia no es una excepción significativa) tampoco hay soluciones simples que los remedien, y las circunstancias de los mercados exteriores, el sistema capitalista y la inversión externa no pueden ser ignorados «ceteris paribus», como si de una variable incómoda se tratara.

Los trabajadores que cerraron ayer las válvulas de la planta de Trasredes, filial de la empresa anglo-holandesa Shell, provocaron (según estimaciones gubernamentales) pérdidas cercanas al millón de dólares. Estas medidas de «presión» se han visto respondidas por el desalojo, por parte del ejército, de todos los manifestantes, tanto en esa planta como en otras, lo que ha ocasionado a su vez más de una decena de heridos, dos de ellos por heridas de bala. El bloqueo de las carreteras que conducen a la Argentina, o el Paraguay han sido otras vías coactivas contra el gobierno. Ahora muchos acusan a Evo Morales de no llevar sus nacionalizaciones hasta «donde debe ser»; en pocas palabras, de ser demasiado «tibio» respecto a su gloriosa promesa nacionalizadora.

No obstante, volvemos a remarcar que, lo que en un principio fue el origen de innumerables elogios y aplausos (por fin se devuelve a Bolivia lo que le pertenece, etc, etc), ahora se presenta como una la causa de altercados y nuevos choques sociales, derivados probablemente del mismo ímpetu con el que se anunciaron entonces los cambios nacionalizadores. Pero los procesos que implica una nacionalización no son nunca sencillos, ni suponen necesariamente una «mejora» en la economía del país que los ejecute. A nosotros nos parece oportuno, por ejemplo, nacionalizar empresas en las que se desarrolla el higiénico arte de la «ingeniería financiera», es decir, corruptas, porque eso, en concreto, se adapta mejor que nada a la idea de una depredación «invasora» por parte de alguna multinacional con las cuentas no muy transparentes. Obtener riqueza de Bolivia y eludir fiscalidad, por ejemplo, máxime cuando estamos hablando del país más pobre de Sudamérica, es un buen motivo para expropiar la empresa o filial de que se trate y hacerse con los medios de producción.

Sin embargo, no puede aplicarse la misma plantilla a todas las situaciones, ni en todas las circunstancias decir que nacionalizar (el acto «operatorio» de hacerlo) suponga reducir la pobreza, o mejorar la situación de desequilibrios entre clases sociales, o expandir el sector industrial, etc, pues cada caso planteará una medida conveniente. Es fundamental que Bolivia luche contra el pensamiento ramificado de la ideología neoliberal que, como los tentáculos de un pulpo llamado EEUU, se extiende y se asienta allí donde la resistencia es menor, pero la nacionalización «por sí sola» requiere de un estudio muy detallado, pausado, según el cual pueda verse, para cada sector, cuáles son las mejores «respuestas» ante lo que urge, a saber, la desestructuración social del país y la enorme cota de pobreza.

Y es que, aun cuando siempre estemos del lado de las políticas socialistas racionales (como la reducción máxima de las clases desfavorecidas), nunca se debe olvidar que el mercado actúa como catalizador de la riqueza nacional, y que si bien (a diferencia de lo que creen los adoradores de Mises) los mercados no existen ni pueden existir sin los Estados (la divisa, infraestructuras, etc) no menos cierto es que para que un Estado crezca y se desarrolle en el «espacio» de aquellos que han logrado un gran crecimiento y desarrollo en las últimas décadas, como España, no se puede «anular» la constante inversora de empresas externas, ni el comercio con otros países. Rehuimos de aquellos que pretenden decir que las inversiones «exteriores» son siempre malas, o perniciosas, porque resultaría ridículo; naturalmente, siempre habrá que distinguir grados y grados, y defender antes la inversión de una empresa nacional que la de una extranjera, pues asentando el sector patrio es como puede generarse riqueza para el país a largo plazo. Por eso habrá que ver, para cada asunto, o circunstancia, si tal nacionalización ha sido o no políticamente prudente, a la vista de sus resultados.

Tampoco se debe mover el señor Morales en el terreno del «todo o nada», sino que siempre hay medidas alternativas para llegar a acuerdos precisos con las multinacionales que trabajen en el país andino. Es el caso de las concesiones pasajeras en el dominio de cierta producción, o la exigencia del gobierno a que estas empresas colaboren al proyecto eutáxico boliviano con buenas tasas fiscales, o a que éstas inviertan de su propio «bolsillo» en obras de infraestructura para Bolivia, etc. Como puede verse, las soluciones son muchas, y las frenéticas exigencias de la refundación de la petrolera estatal parecen más acorde al clima de inestabilidad política y social (y por tanto económica) que a una convicción absoluta de sus manifestantes a que esa futura «obra» cambie definitivamente el panorama de pobreza. La política de unidad nacional de Morales ha sido buena por cuanto que ha «despertado» los sueños de una gran parte de la población para «refundir» el país, alejándolo de las concepciones particularistas de sus predecesores de la derecha (aunque sea costa del particularismo ideológico indigenista), pero también ha fomentado (en gran medida por culpa de los discursos del victimismo indigenista, y la «cancha amplia» que se le ha dado a ciertos sectores de la llamada ultra-izquierda) las culebrillas rebeldes de ciertos movimientos «sociales» que ya piensan «por sí solos» (caso Comandante Loro) y que suponen un problema tanto para el gobierno vigente, como para el propio proyecto reformista.

Y todo esto cuando, desde hace unos días se conoce un informe elaborado por analistas del «primer mundo» en el que se establece que las inversiones extranjeras se han reducido, o en otras palabras, que Bolivia ya no atrae inversiones de capital físico como antes. Se destaca como posibles causas tanto la política nacionalizadora «en avalancha» como el clima social en el que actualmente vive el país andino. No obstante, se destaca que, por ejemplo, el intercambio comercial entre Bolivia y Alemania ha crecido casi a un promedio del 50% desde el 2004. Pero Alemania, por su parte, no se compromete a invertir en Bolivia porque, según se acusa en el informe, existe un ambiente de «inseguridad jurídica». Naturalmente, nadie desea invertir si existe la amenaza de que su empresa se nacionalice (es un ejemplo, pero no dista demasiado de la realidad, dadas las perspectivas emergentes), o de que una muchedumbre cierre las válvulas de petróleo o gas de una filial solo porque desean una nacionalización inmediata.

Además, y para concluir, hay una cosa muy importante cuando se habla del proyecto de reforma social y política de un país, y es que ninguna nacionalización conlleva una mejora significativa si, por ejemplo, hay problemas en su gestión interna (ineficacia de un aparato burocrático sin formación adecuada sobre cómo llevar una empresa, y cómo expandir su producción de cara al mercado), o lo que es más importante, no existe un capital humano suficiente, es decir, ciudadanos bolivianos que se hagan cargo de las empresas nacionalizadas y que tengan una formación técnica y financiera tan importante como la de aquellos gerentes extranjeros a los que suplen. Apropiarse de la producción de una multinacional puede ser «bueno» o «malo» según los efectos que ésta tenga, pero para que un país pobre y atrasado como Bolivia se desarrolle esto no es en absoluto suficiente, pues debe ir acompañado de otras medidas, o incluso dichas medidas deben «materializarse» antes que la propia nacionalización en concreto: nos referimos a ejecutar reformas agrarias, a invertir dentro del país en empresas propias, a una reforma educativa (que aunque pueda tener efectos más largos, sea una proyección necesaria del capital humano al que nos referimos), etc. De otra forma se estarán siempre poniendo parches para que no se «vean» los problemas de fondo.


El Revolucionario, el diario hispano global de crítica del presente
Seguir la vida del sitio Cumple con el estándar XHTML 1.0 Transicional Página realizada con hojas de estilos
Porque el Mundo sigue girando