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Delicada situación en Bolivia

La oposición resta poder efectivo a los planes reformistas

Tres fuerzas opositoras logran el control del Senado, eligen a su «presidente», y menguan la energía real del proyecto reformista de Evo Morales

Sábado 27 de enero de 2007, por ER. Cochabamba

La pérdida de control sobre el Senado, la mayor «influencia» de la oposición y la naturaleza de ciertos «apoyos externos» agudizan las dificultades del proyecto reformador gubernamental

La derecha política boliviana acaba de formar un bloque de control sobre el Senado, gracias a la unión de tres partidos opositores, PODEMOS, del ex presidente Jorge Quiroga, la Unidad Nacional (UN) y Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Juntos han conseguido colocar en la presidencia al señor José Villacencio, centroderechista miembro de UN, sustituyendo de ese modo a Santos Ramírez, uno de los hombres más «allegados» a Evo Morales.

Duro golpe el que recibe ahora el MAS, partido del gobierno vigente, para refrendar las políticas que vayan configurando una verdadera reforma en todos los niveles, al menos sobre el papel. Así, por ejemplo, la primera consecuencia de este cambio es la renuncia del gobierno a implantar una mayoría absoluta para la Asamblea Constituyente, como se planeó en un principio, sustituida en su lugar por dos tercios de la cámara.

Las medidas que se planeen en adelante tendrán un «parto» ejecutivo mayor, si es que lo tienen, como consecuencia del creciente poder que representan en la actualidad las fuerzas opositoras. Por eso, Evo Morales habrá de pasar «por el aro» en algunas cuestiones relativas a la redacción de la constitución planificada, pues es obvio que la derecha, en sus diversas ramificaciones políticas, no se lo va a poner fácil en absoluto.

En este sentido, el propio Morales ha declarado que, de forma histórica, «hay fuerzas sociales reclamando sus derechos», y que será, sin duda, el «pueblo» quien identifique si el Senado perjudica el cambio que proyecta su gobierno. Sea de una forma u otra, y por si no había ya suficientes problemas sobre Bolivia (desestructuración social, discordias autonomistas, enfrentamientos civiles, marchas «culturales» armadas, etc), la oposición dispone de la posibilidad de frenar los proyectos de ley de turno.

Pero, ¿qué lectura podemos extraer de este reforzamiento político de la oposición boliviana? El «dominio» de prefecturas tan importantes como las de Santa Cruz, o Tarija, donde la derecha ha ganado terreno frente a prefecturas occidentales, conforma un mapa de «influencias» encontradas donde el gobierno planifica una cosa y la oposición demanda justo la contraria. Si Morales ha tratado de actuar sobre el país de un modo más centralizado, configurando un proceso reformador que tenga sus efectos por igual en todas las prefecturas, la oposición vigente no ha dudado un segundo en establecer el mismo sistema de presión por medio de la solicitud por referéndum de una mayor autonomía para sus zonas de «influencia».

Los territorios orientales de Bolivia, sede tradicional de una oligarquía perniciosa que dispone de grandes propiedades de tierra en un país donde el sector servicios no es precisamente el más boyante, han forjado su propia fuerza de choque. Los intereses económicos que la elite opositora tiene en el país andino colisionan frontalmente contra las reformas nacionalizadoras de Morales, por cuanto que atacan el principio activo de la economía de mercado neoliberal, y neutralizan la masa de negocios que dicha elite dispone de forma acostumbrada.

Pero la oposición no es el único obstáculo «evidente» a las promesas políticas de Morales: ante un Estado débil como Bolivia, lleno de confrontaciones sociales y atrasado, la ideología que promulga el Imperio realmente existente, representado por EEUU, se ejercita sin cortapisas, como de forma tradicional lo han hecho a lo largo de las cruentas historias bélicas o militares de las dictaduras hispanoamericanas. Así, lo que le interesa a EEUU es que Bolivia sea débil políticamente hablando para poder «succionar» los recursos sin demasiados problemas.

Ya conocemos las reacciones que Estados Unidos tuvo en los años setenta ante cualquier «conato» socialista, y su participación (por medio de la CIA) en el fomento de adecuadas (emic) guerras civiles con las que el poder de diversos Estados del sur de América pasaron a disposición de la derecha más rancia. Conocidos es por todos el papel «secreto» (o no tan secreto) que tuvo en dictaduras como las de Augusto Pinochet, y en tantas otras. Por eso no debe sorprender las mayores «simpatías» con las que cuenta el gobierno del Imperio hacia los líderes opositores, como Jorge Quiroga. Señores como Philip Goldberg, embajador de los EEUU, declaran en este punto su confianza a las pretensiones autonomistas de prefecturas como las de Tarija, Pando o Beni (donde se hallan las mayores reservas de gas natural), y se oponen de esa forma a la política implantada por el gobierno electo.

La costumbre de titiritero de «inolvidables» golpes de Estado en Hispanoamérica no se olvida fácilmente, y aun en un nivel de actuación más «discreto» siempre viene representada en apoyos de diverso tipo a los líderes que fomentan la derecha, y en las políticas simpáticas a sus planificaciones imperiales. El socialismo de Morales es incompatible con la ideología neoliberal que, desde sus coordenadas interesadas, promueve una y otra vez EEUU, considerando, no obstante, que este país no es «precisamente» neoliberal, pues impone su muro arancelario cuando le interesa (como fue el caso del acero europeo, o los textiles chinos) y lo levanta igualmente. Pero también le interesa al poder de la «Casa Blanca» (como a otros países más desarrollados que Bolivia, lo cual no es difícil) que el país donde se incube la ideología que sus propios gobernantes han fomentado sea estructuralmente endeble, para poder operar así sin muchas dificultades.

Ahora que la oposición es más poderosa, y ejerce un mayor control sobre el Senado, ahora que los prefectos con más recursos de gas natural se hallan en manos de la oposición, es cuando puede verse, no sin cierta inquietud, que este bloque de derecha, no solo daría alas a los ideólogos imperiales, como el señor Golberg (de quien dudamos mucho que le importe la distribución de la renta), sino que agudizaría aún más los obstáculos para el proyecto reformista.

Ya hemos analizado que uno de los problemas «internos» del gobierno se encuentra en su ideología indigenista y en el control de los movimientos de izquierda indefinida que pululan en busca de una «dignidad nacional» (la desestructuración ya mencionada), pero está claro que la mayor de las amenazas «externas» se esconde en el núcleo de una clase social de derecha, que tiene el control de territorios, que encuentra apoyos interesados en el País de la Libertad, y que, desde ahora, tras los sucesos del Senado, pone en peligro la realización efectiva de las políticas de reforma.


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