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Tras el primer aniversario en la legislatura de Morales

Un año de gobierno, o la marcha de los «ponchos rojos»

Persisten las tensiones civiles de uno y otro bando, y se agudiza la polémica por la aparición del presidente en un desfile civil armado

Viernes 26 de enero de 2007, por ER. Cochabamba

Hace pocos días, y tras los cambios en varios de los ministerios más importantes, así como el anuncio de una plataforma coordinadora del proyecto reformista, se celebró en la provincia de Omasuyos un desfile que, revestido de anunciados elementos «culturales», puede volver a encender la mecha de la discordia.

Se ha cumplido un año del gobierno de Evo Morales. Un año difícil en el que, sin duda, se han compaginado buenas ideas políticas junto a una amalgama ideológica contradictoria a un socialismo racionalista. Un año en el que, junto a las perspectivas inteligentes de ciertos programas, se sigue sin solución para la fractura social con los sectores de la derecha, como ha sucedido —y sucede— desde los incidentes autonomistas en Cochabamba. La Constituyente y las nacionalizaciones han adoptado un papel de máxima importancia para la futura y posible «metamorfosis» económico-social. También, hace muy poco que se ha reformado gran parte de la plantilla de ministros y se ha instituido una coordinadora general para el cambio nacional, de cuyos efectos aún no podemos hacer análisis alguno, pues son demasiado recientes.

No obstante, aún siguen flotando «en el aire» los resultados de la incapacidad gubernamental para apaciguar a los sectores a los que, en un principio, tanto aplaudieron en su choque con la derecha opositora, leales a Manfred Reyes, prefecto electo de Cochabamba. La muerte violenta de dos civiles y la aparente negligencia de la ministra Alicia Muñoz para «reducir» a los llamados movimientos de la «ultra-izquierda», entre los que estaba el ya mencionado «Comandante Loro», son la punta del iceberg de los problemas de desestructuración social del país, la gran falla para consumar los planes reformistas.

A este respecto, los «leales» al gobierno acusaron entonces de antidemocráticos a la derecha opositora (en cuyas prefecturas, por otra parte, se ha generado una oligarquía perniciosa para el desarrollo social de Bolivia), de separatistas traidores, y sin embargo no dudaron en ocupar de forma poco democrática el cabildo de Cochabamba. Esto llevó, como bien se recuerda, al ejecutivo boliviano a una situación comprometedora, por cuanto que lo enfrentaba a las leyes establecidas.

Claro que si se dice que la derecha alberga en su materno seno a una pandilla de reaccionarios armados (lo cual es una verdad completa), ¿de qué forma asume el señor Morales el desfile de campesinos armados y encapuchados de la región de Omasuyos, producido el 24 de enero del presente año, en honor a su líder, y en el que participó el propio mandatario a modo de «observador», aunque desarmado, pero con poncho rojo? Ante las críticas de la oposición, el gobierno se ha empeñado en quitarle importancia al asunto, aseverando que los campesinos que llevaban fusiles Mauser eran «cuatro gatos», como quien dice. Ignoramos si eran o no cuatro gatos, pero habrá que juzgar con prudencia el vestuario de estos campesinos para saber si de verdad persiguen la cohesión ansiada, pues junto a la bolsa de colores (ch’uspa), o los ponchos colorados como «símbolo de guerra», no puede faltar en el kit del buen poncho rojo, el rifle Mauser y los explosivos caseros, compuestos con greda y otros elementos.

Sea de un modo u otro, creemos que la aparición de Morales en estos actos públicos en poco contribuye a la unidad nacional (y eso aun cuando, en un principio, la idea que subyazca sea la apelación a tal unidad), lo que significa la cohesión de las distintas partes de Bolivia, incluida la derecha y sus fieles. El «selecto club» de los llamados Ponchos Rojos (delirio particularista revestido de patriotismo al uso que otorga más color, si cabe, a personajes como el Comandante Loro y otros) no ayuda, a nuestro juicio, a la fermentación de una verdadera reforma.

Lo preocupante es que la mayor defensa del gobierno a las críticas a tal desfile no ha sido otra que la de que se trataba de un acto de «reafirmación cultural». Si los Ponchos Rojos suponen reafirmarse culturalmente, portar fusiles en medio del clima enrarecido de las últimas semanas debe constituir un fogoso acto de fiesta, suponemos; podían llevar escobas o bastones, pero al final fueron armas de fuego, parecen querer decirnos. Sobre todo cuando el propio Morales ha declarado, en rueda de prensa, que ve perfectamente «normal» que estos campesinos estén armados en un acto público.

Suponemos que los fusiles formarán parte de la «reafirmación cultural» de la que se habla, pero flaco favor se le hace así a aquellos que pretenden cobijarse en un falso victimismo, como ocurre ahora con la derecha de Reyes, o en el prefecto de Santa Cruz: ¿no es esta exhibición un nuevo «pulso» civil a los paramilitares de la derecha, y con ello aproximarse al borde del abismo de una contienda real? Sean fusiles en perfecto estado u obsoletas piezas de colección (del año 1952, muchas) cedidas al vulgo campesino, la imagen puede provocar, por sí sola, nuevos conflictos sociales.

No obstante, aún queda mucho por recorrer y esperamos que otras medidas «compensen» estos baches del gobierno. Esperemos, para el bien —la eutaxia— de Bolivia, que la política se desvista de ponchos, discursos idealistas, o indigenismo al uso, y se centre en lo bueno que han programado (por ejemplo, nacionalizar empresas con «irregularidades financieras», o sea, corruptas, o las reformas educativas en ciernes), primer paso para el desarrollo nacional.

Así se cumple ya un año del gobierno, cuando las confrontaciones sociales están lejos de apaciguarse. Si Morales desea que desaparezca la falta de «coordinación con los movimientos sociales» es preciso no alentar manifestaciones civiles, al amparo del ejército, y donde campesinos portan armas al grito de Evo Pueblo.


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