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Los «grados» de tensión vuelven a aumentar en medio de «gobiernos revolucionarios» y soflamas indigenistas

Bolivia bajo la amenaza posible de una guerra civil

Un «Comandante Loro» aparece en escena poniendo en evidencia la forma de llevar este asunto el presidente

Sábado 20 de enero de 2007, por ER. Cochabamba

El proyecto autonomista de la oposición que gobierna en prefecturas como las de Cochabamba o Santa Cruz pasa a un segundo plano ante nuevos choques sociales que ponen otra vez en tela de juicio el ambicioso plan político-económico para 2007

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El actual prefecto de Cochabamba, el señor Manfred Reyes

Los furibundos movimientos de indígenas, mineros y cocaleros que se concentran principalmente en Cochabamba, y que desembocaron hace pocos días en la formación de un inquietante «gobierno revolucionario», en el que no se reconoce al actual prefecto Manfred Reyes, se han intensificado tanto en las últimas horas que, pese a que la eficacia real de dicho «gobierno» sea nula (por cuanto que no ejerce aún ningún poder en el Cabildo), sí presenta los primeros síntomas de «rebelión» contra su propio líder, es decir, el señor Evo Morales.

De esa forma, puede decirse que estas corrientes de «oprimidos» pueden llegar a poner en jaque la propia política gubernamental, por cuanto que han colocado a su presidente ante un abismo grave en el sistema democrático de Bolivia, pues no se debe olvidar que el señor Reyes fue elegido en las urnas, y que la apropiación violenta del poder por parte de una masa descontrolada de campesinos, cocaleros o mineros no haría sino encender la mecha definitiva de una guerra civil contra los latifundistas, la clase media o la derecha boliviana que a duras penas «convive» en el complejo puzzle del país andino.

Esto mismo es lo que ha llevado al portavoz gubernamental, Alex Contreras, a asegurar que «no reconocen a ningún prefecto que no sea Manfred Reyes». Y es que, a nuestro juicio, existe un principio de prudencia que debe prevalecer en las acciones que se lleven a cabo en Bolivia, por encima de la «legitimidad» o no de la causa autonomista que propugnan los sectores de la oposición. Estas acciones pueden ser claramente distáxicas, esto es, llevar a la desestabilización del sistema económico-político boliviano, lo que significa entorpecer o anular el pretendido crecimiento de Bolivia como nación política que trata de no ser anegada por potencias extranjeras.

Pero la aparición de este fantasmagórico «gobierno revolucionario» ha destapado la evidencia de que uno de los grandes problemas que Evo Morales tiene para su proyecto reformista —que se ve construido sobre las bases de la apropiación nacional de los recursos naturales más importantes, como el gas natural o el petróleo— no está, como pudiera creerse, solamente en la «derecha» de Quiroga, o en las prefecturas «autonomistas», sino en sus propios adeptos.

La política gubernamental se ha contaminado ya tantas veces de ese Pensamiento indigenista (al que Morales ha dado la aureola de las viejas causas aún no perdidas que se mantienen en un estado «puro», en el sentido católico del término, sin mácula alguna) que los movimientos socialistas indefinidos que le apoyan han formado un ala «extrema» tan amenazadora para la eutaxia como pueda serlo la ultraderecha de la oposición vigente.

Culpa es de la propia gestión del gobierno la manera en que se han «legitimado» las revueltas en un principio, sobre todo cuando el propio Morales les dio una justificación «razonable» en base a su concentración en la Plaza principal de Cochabamba. Pues, ¿acaso no acudieron cocaleros de todo el país a la llamada de «Evo Pueblo»? Así, el gobierno ultima gestiones para apaciguar el fuego que ellos mismos han contribuido a extender con sus soflamas radicales, principalmente cuando su líder otorga el rango de «reserva moral de la Humanidad» a un conjunto de individuos pobres o analfabetos imbuidos en cosmovisiones míticas y estúpidas.

Y es que este Pensamiento «Pluma Roja» comienza a germinar culebrillas de izquierda anarquista o guerrillera, una mezcolanza variopinta asombrosa. Pues mientras el prefecto derechista declara que no volverá mientras no haya garantías reales, y vaticina un peligro auténtico de guerra civil, aparece el prototipo clásico de «iluminados» dentro del circo indigenista, como es el caso del llamado «Comandante Loro», Tiburcio Herrada Lamas, líder del absurdo grupo EDN (nada menos que Ejercito de Dignidad Nacional) y que es el líder que ha impulsado un «gobierno paralelo» en Cochabamba. No obstante, por el momento el loro ha salido bastante desplumado, pues el gobierno de Morales le ha negado legitimidad alguna a su intentona «revolucionaria».

A observar, dentro de la ideología pertinente de esta izquierda indefinida, la frecuencia con la que se acude a grandes ideas universales para dotar de altura mítica a sus propias exigencias. Nadie niega la situación de hambre, escasez, o falta de medios que pueda existir (como de hecho existe) entre un gran grueso de la población boliviana, pero lo que es indudable es que estas movilizaciones «revolucionarias» (sin mayor planificación que la que pueda producirse durante el curso de las revueltas sociales, y sin otro objeto que arrebatar a la oposición el poder conquistado en las urnas, es decir, contradiciendo a otro sector de la población de un modo altamente imprudente) no van a solventar atrasos entre regiones de ningún tipo, ni aun menos que pueda diluirse la pobreza apelando a una «dignidad» nacional de la que no estamos seguros de sus propiedades.

Ni la «reserva moral» de Morales ni la «dignidad nacional» del Comandante Loro son apropiadas para la cohesión de las distintas partes de Bolivia. Sobre todo si se quiere acceder a dichos «pactos» de cohesión con la derecha sin que por ello se provoquen más altercados, o la verdadera amenaza de una guerra civil. Amenaza que, hoy por hoy, es solo una sombra aún no cercana, pero que puede materializarse en cualquier momento mientras se apela a grandes ideas, tan poéticas como inexistentes. En consecuencia, Evo Morales ha caído en los vicios de su propio «juego», y le está otorgando más ventajas de «victimismo» a la derecha de las que hubieran sido oportunas.


Valoración y análisis del vicepresidente de Bolivia

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