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Los políticos escurren el bulto sin afrontar el problema del «hiyab».

El velo del Islam atenaza a España

Contra el Islam sólo cabe la integración (la victoria)

Viernes 23 de abril de 2010, por Grupo Promacos

Estos días se ha vuelto a poner de manifiesto que la políticas sobre inmigración e integración de los gobiernos españoles, especialmente del actual, son un desastre. En Pozuelo, un pueblo de Madrid, el Instituto Camilo José Cela se ha visto en el centro de una polémica mediática a propósito de una joven musulmana que pretendía acudir a clase con un hiyab o pañuelo que le tapa el pelo (pero ya hay casos en los que el uso del velo y del burka es exigido como un derecho).

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Las jóvenes musulmanas de Pozuelo
Aceptan la sumisión del Islam que las convierte en ciudadanos de segunda categoría

Mientras que en países como Francia se ha prohibido su uso en todas las escuelas, sin embargo en España el gobierno, con las competencias educativas transferidas a las Autonomías, no ha querido legislar al respecto, y deja al albur de cada centro la toma de decisiones.

Finalmente el Consejo Escolar del Instituto de Educación Secundaria ha decidido, amparándose en una norma que parece confeccionada ad hoc, que no se permita el uso de cualquier prenda que tape la cabeza, para que la joven se someta a la misma o cambie de centro. Pero está claro que esta es una falsa solución para un problema de tanto calibre.

En muchos institutos, y colegios, se tolera el uso de dicha prenda sin el menor reparo, se emplea un dinero extra para confeccionar comidas en las que no aparezca el cerdo en el menú de los comedores escolares, y se dedica otro profesor para atender a las alumnas que se niegan a hacer gimnasia, etc. Ya en el año 2002 se planteó una situación similar con la menor Fátima Elidrisi, y es seguro que cada vez se darán más casos, como ha ocurrido en otros países.

Los dirigentes de los principales partidos políticos (PSOE y PP) se mueven entre un multiculturalismo armonista suicida y un formalismo legal que escurre el bulto de una manera «políticamente correcta», sin asumir un problema tan peligroso para la eutaxia del estado. Así, para el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, el «derecho a la educación» de la joven es prioritario (pero sin aclarar de qué tipo de educación estamos hablando, presuponiendo, con el presidente Rodríguez Zapatero, que cabe una «Alianza de las Educaciones», aunque la pedagogía islámica sea incompatible con la española en múltiples aspectos fundamentales).

Para la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre (del PP), el problema se atajaría dando autonomía a los Centros a la hora de aplicar sus Normas de Convivencia, aunque reconozca que no está de acuerdo con que las jóvenes musulmanas se tapen el pelo con un pañuelo (sabiendo que tiene componentes religiosos y morales que van más allá de una moda más o menos asumible). La Consejera de Educación, Lucía Figar, ha declarado que, aunque reconoce que la conducta de la joven musulmana es un desafío para el Centro (y que está de acuerdo con la decisión adoptada), sin embargo se conforma con contrariar al ministro de Educación diciendo que la muchacha no está privada de su derecho a la educación, pues puede asistir a otros institutos en los que se admite el uso del pañuelo islámico. Pero, ¿Qué haría en el caso de que ningún centro educativo cercano permitiese dicho uso? ¿Se puede dejar en manos de los Consejos Escolares tan importante cuestión?

En una línea más razonable se expresaba Nadia Otman, presidente de la Asociación de Mujeres Marroquíes en España, en el programa de Telemadrid Diario de la Noche del 20 de abril. Según Nadia, que no llevaba pañuelo, los marroquíes que han venido a España deben respetar las normas (de vestimenta) implantadas en España, que además es un país que les ha ayudado mucho, aunque reconoce que «la mayoría de las mujeres, por desgracia, forman guetos».

Veamos algunos datos para ver lo que se nos viene encima si no se toman medidas urgentemente. En España la población extranjera se ha multiplicado por cinco en la última década. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) en el año 2000 los extranjeros censados eran 923.879 y en 2009 han sido más de 5,6 millones. España es el país que mayor número de inmigrantes recibe al año en términos relativos a su población.

El número de extranjeros empadronados durante 2009 fue de 5.648.671, con un incremento respecto al total de 2008 de 379.919 (en 2007 llegaron 716.257 y en 2008 lo hicieron 443.930). La procedencia de los extranjeros regularizados se dividía entre los procedentes de países de la Unión Europea (38,4%), de Iberoamérica (31%), de África (20,96%), de Asia (6,28%), de países europeos no comunitarios (2,87%), de Norteamérica (0,44%) y de Oceanía (0,04%). El contingente estatal más numeroso era el marroquí (16,1%), seguido del rumano (15,1%), ecuatoriano (9,5%), colombiano (6,2%), británico (4,6%) y chino (3,2%).

En 1974 el entonces presidente de Argelia, Huari Bumedian (Boumedienne), advirtió a la Asamblea de las Naciones Unidas: «Un día millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos. Porque irrumpirán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria».

Oriana Falacci ya dijo que Europa caminaba hacia Eurabia, pero no fue la primera, aunque de poco ha servido. Un cronista español del siglo XVII, Damián Fonseca, en su obra sobre los moriscos —que amenazaban la integridad e identidad de España— ya decía: «Iban creciendo mucho más que el número de los españoles, y así, aunque por aquel tiempo fueran muchos menos (los moriscos), la buena cuenta dice que dentro de pocos siglos habían de ser ellos los más. (…) Y todos multiplicaban como conejos; y por esta cuenta no es mucho que se doblase el número cada diez años» (D. Fonseca, Justa expulsión de los moriscos de España, 1612).

Para cualquier dirigente político mínimamente prudente es evidente que la avalancha de extranjeros puede llegar a ser inasumible para el país receptor, pero cuando los inmigrantes, además, son herederos de antiguos enemigos, la imprudencia ronda con la alta traición. Y es que España, aunque muchos españoles ignorantes e indolentes no se enteren, se forjó en gran medida en su lucha contra el Islam.

La involucración de la religión en la vida de los ciudadanos, con consecuencias políticas evidentes, no puede soslayarse, como ya quedó plasmado en estas mismas páginas. Los que se declaran laicistas (sin tener en cuenta el origen internamente religioso de dicho término —clérigos/laicos— , y sus contaminaciones «protestantes» como consecuencia de la disolución del clero regular por parte de algunas de sus corrientes, pretendiendo que todos los ciudadanos fueran clérigos o sacerdotes seglares), lo que pretenden hoy día es ser neutrales ante el «hecho religioso», aunque se les vea el plumero cuando atacan anticlericalmente a la religión católica y, sin embargo, se muestran tolerantes (¿impotentes?) con la religión islámica, tal como se puso de manifiesto con el asunto de las caricaturas de Mahoma. Pero la cuestión es que no se puede ser neutral en estas materias (como si pudieran borrarse los parámetros antropológicos ligados a la religiosidad de una sociedad), ni se puede pretender relegar al «ámbito privado de la conciencia» asuntos que son transcendentales positiva y públicamente para un estado, configurando la conducta de los ciudadanos según normas muchas veces incompatibles (en estos mismos días nos hemos enterado del exorcismo practicado por unos seguidores de la Iglesia Pentecostal en Ólvega, un pueblo de Soria). Y en este sentido nos parece que el catolicismo es mucho más racional que el islam.

Desde el Grupo Promacos no sabemos si el fundamentalismo islámico realizará sus proyectos. Lo que está claro es que una política tolerante (por impotencia) hacia el mismo facilita enormemente su labor. Y es que ante el Islam sólo cabe, cueste lo que cueste, integrarlo (vencerlo). Ni siquiera la expulsión es una solución segura a medio o largo plazo.


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