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Los días de revueltas parecen haberse apaciguado tras los violentos sucesos en la prefectura de Cochabamba

Evo Morales dice que los campesinos indígenas son «la reserva moral de la Humanidad»

Tras los variados disturbios y tensiones que desbordan a Bolivia, aparece de nuevo la sublime ideología de su presidente electo

Martes 16 de enero de 2007, por ER. Cochabamba

Durante la calma «nerviosa» que se respira en Bolivia, la derecha opositora culpa de absolutista al gobierno, la Iglesia se ofrece como «mediadora» y la izquierda boliviana gobernante apela a la altura «moral» de los más desprotegidos

Los días de revueltas parecen haberse apaciguado tras los violentos sucesos en la prefectura de Cochabamba. Una calma inestable vuelve ahora al país andino bajo la amenaza de desaparecer de forma brusca, reemplazada por la posibilidad de nuevos choques sociales. El gobernador Manfred Reyes, que se encuentra ahora en Santa Cruz (también opositora al gobierno) ha declarado que no volverá a Cochabamba hasta que disponga de todas las garantías, además de que los cocaleros regresen a sus distintas regiones y que cese la presión continua contra su mandato.

En este mar bravo de la política boliviana surge el eterno pescador de oportunidades, la Iglesia Católica, que se ofrece para mediar como figura supuestamente neutra, imparcial. A este respecto, el cardenal Julio Terrazas se ha propuesto como «observador» entre las partes, bajo sus «mejores intenciones». Sin embargo, tenemos nuestras reservas sobre la fiabilidad del acto operatorio que implica la mera «observación» de los acontecimientos, sean cuales sean. Además, la supuesta «imparcialidad» de la Santa Madre Iglesia ha sido tantas veces tan encomiable (como se puede ver con diversos regímenes de distinta índole, tales como el franquismo español, la actitud ambigua —o no tan ambigua de Pío XII respecto a Hitler— &c., o como hace la Iglesia vasca de hoy con los terroristas asesinos en España) que surgen más que serias dudas sobre su propia naturaleza ecuánime, desde luego. Por tanto, no parece que, por ahí, vaya a existir ninguna garantía de nada, pues en todo caso la «sagrada» institución boliviana hará lo que ya han hecho tantas otras delegaciones del Vaticano por todo el mundo, es decir, afiliarse al mejor, o al más fuerte, para seguir existiendo.

Pero lo que más llama la atención de toda esta serie de sucesos (que evidencian los fallos sistemáticos de una democracia débil, atrofiada por los problemas económico-sociales) es la declaración que el presidente de la Nación ha dado a propósito de las dramáticas «reyertas» de los últimos tiempos. En concreto, el señor Evo Morales ha declarado, literalmente, que los campesinos indígenas son la «reserva moral de la Humanidad». Gran carga y dura distinción la que sobrellevan ahora los indígenas bolivianos, pues a su situación de analfabetismo, ignorancia y falta de educación básica, deben unir el rango de reserva moral, nada menos que de la Humanidad con mayúsculas. Sin embargo, lamentablemente para los indigenistas que creen en semejante delirio, desde nuestra perspectiva, mientras la ética es universal (pues universalmente es anti-ético matar, mutilar o hacer daño a alguien) la moral es distintiva de cada grupo humano en una determinada sociedad política. De ese modo, lo que para un boliviano es moral, puede no serlo para un ciudadano de Guinea Ecuatorial, y viceversa. En consecuencia, no existen reservas morales para ningún grupúsculo de pobreza preservado en su condición «primaria» gracias a la estupidez de quienes avalan tales ideologías, ni aún menos que abarque a la Humanidad entera.

Esta frase delata la clase de Pensamiento retórico y metafísico en el sentido más peyorativo del término, «primario», básico o inefablemente tosco y falaz de quien se ha propuesto dirigir un nuevo proyecto para Bolivia. Como ya hemos aseverado en otras ocasiones, mientras la política del gobierno esté asentada en tales despropósitos (considerando que el indígena es el objetivo a proteger y no la destrucción de la ignorancia, o el crecimiento significativo de un capital humano que deje atrás los problemas estructurales de la economía boliviana) resulta difícil, cuanto menos, que vaya a haber algún cambio razonable en el país que no sean nuevos choques. Y eso teniendo en cuenta que el líder de la oposición, Jorge Quiroga (que propugna medidas poco sociales, por decirlo suavemente, y más acorde con la depredación neoliberal con la que las empresas extranjeras campan a sus anchas por un territorio mal administrado por el propio gobierno) ha sido «amigo» de Henry Kissinger, uno de los principales motores ideológicos del golpe de Estado de ese amante de los consensos que fue Augusto Pinochet. Así, solo puede esperarse en Bolivia una ramificación de confrontaciones sociales entre una pequeña pero reconocible «clase media», que apoya mayoritariamente a los dictados opositores (y en consecuencia, a las exigencias de prefecturas como las de Santa Cruz, donde se apoya el proyecto autonomista) y un enorme grueso de «clase baja», que apoya casi en su totalidad al gobierno, y que se encuentra encabezada por los movimientos campesinos indígenas, a los que parece que el señor Morales desea convertir en reserva de algo muy profundo y sublime para un sujeto también muy profundo y sublime, pero inexistente, como es la Humanidad, pues las sociedades humanas no forman una totalidad atributiva conectada de forma monista y armonicista.


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