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En las cuatro regiones «rebeldes» de Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija se ha ido fermentando el grueso de una oposición cada vez más poderosa

Se recrudece el conflicto autonómico en el sistema de prefecturas boliviano

Los bandos fieles a la oposición y al gobierno se enzarzan en graves disturbios por todo el país andino

Jueves 11 de enero de 2007, por ER. Cochabamba

Decenas de heridos, y al menos una veintena de detenciones en un conflicto que amenaza con extenderse a otros territorios

Hoy, tras las ambiciosas «declaraciones de principios» del pasado congreso de Cochabamba (y donde el señor Evo Morales volvió a recurrir a la ideología indigenista como banderola), vuelven a producirse agrios altercados en esta ciudad, la tercera en importancia económica de Bolivia. Estos enfrentamientos muestran a las claras lo que nosotros podemos considerar como un conflicto socio-político cuyas fuentes se hallan en el núcleo de la propia reforma y en los visibles atrasos regionales que sufre este país de forma invariable. Los sucesos de Cochabamba reflejan así la situación de un territorio polarizado entre los movimientos socialistas (que, no obstante, muchas veces se apoyan en formas irracionales o míticas de indigenismo al uso), la realidad socio-económica boliviana (las franjas de pobreza no se reducen), la estructura departamental del Estado, y los grupos de presión opositores que defienden un sistema autonómico.

El problema para Morales es que, cuando se llevó a cabo el sufragio, en cuatro de los nueve departamentos triunfó la opción contraria a sus intereses, es decir, que muchos votaron a favor de una futura política autónoma menos centralizada; por si fuera poco, en estas cuatro regiones «rebeldes» (Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija) se ha ido fermentando el grueso de una oposición cada vez más poderosa, como lo demuestran los graves altercados que vienen sucediendo en estos días. El gobierno moralista recrimina al prefecto de Cochabamba, Manfred Reyes, de haber azuzado el fuego de estos conflictos sociales. Disturbios que son la prueba más notoria de que, a diferencia de lo que el propio Evo Morales defendía hace unas pocas jornadas en el encuentro con el MAS, los problemas «micro-económicos» no tienen una solución posible a medio plazo.

Ahora, cuando las pugnas se recrudecen y se extienden como el aceite por todo el país, es cuando existe el enorme peligro de marcar líneas de convulsión social entre regiones e, incluso, entre clases sociales. De ese modo, mientras los núcleos de pobreza masiva (encabezados por indígenas) dan todo su apoyo al gobierno, otros sectores menos necesitados se aferran al modelo que propugna la oposición. Para los opositores (como es el caso del propio Manfred Reyes) esta confrontación se genera cuando el gobierno decide «ignorar», de forma absolutista, la certeza de que ganaron democráticamente su derecho a gobernar en las prefecturas. Para los leales al gobierno, la oposición de derecha solo trata de llevar a cabo el enésimo intento desestabilizador con el fin de hacerse luego con las elecciones estatales. Para nosotros, los sucesos que ahora sacuden a Bolivia (y que vuelven a demostrar, sin duda, que hay aún un largo trecho por recorrer) son el espejo de las contradicciones inherentes a los sistemas democráticos actuales en su condición descentralizada. Algo que, por desgracia, se agrava cuando la pobreza abunda.

El sentido de esta contradicción se halla en la forma de gobierno por prefecturas y en los deseos de unos sectores u otros por centralizar o no los poderes administrativos. Si uno viaja a Santa Cruz se encuentra con que lo que se persigue allí es la descentralización, pero si coge el camino a La Paz ocurre justo lo contrario. Bien, en primer lugar, hay que decir que ningún gobierno puede centralizar de forma absoluta el poder sin que se produzcan necesarias dificultades, producto muchas veces del desconocimiento que, respecto a temas regionales concretos, puedan tener los políticos radicados en otra zona geográfica. Pero, por otro lado, tampoco es siempre positiva la descentralización autonómica que propugnan los miembros de la oposición (que hinchan el pecho ante los resultados electorales, y que piden, como en el caso de Cochabamba, un nuevo referéndum para el asunto autonómico) pues a menudo acaba prevaleciendo el malsano (para la eutaxia) «espíritu» del eje magnético, es decir, de crear zonas de poder territoriales a las que se les conceden más privilegios que a otras, lo que desemboca ineludiblemente en trastornos sociales y económicos. La centralización completa y la descentralización absoluta son —digamos— los límites exponenciales de una situación crítica que, como en el caso de los extremos de una herradura, casi se acaban tocando. No obstante, gran parte de la culpa de estos combates callejeros recientes la tiene el nivel de desinformación y poca preparación de un cuerpo social analfabeto que no sabe distinguir tantas veces los niveles de grises que hay entre el negro y el blanco. A este propósito, algunos políticos (como el diputado Meter Maldonado) están convencidos de que una causa de este desbarajuste la tiene el nulo nivel formativo de los «electores», del llamado «pueblo», que a menudo desconoce el funcionamiento más básico de los procesos democráticos. Esta circunstancia será aprovechada por la oposición para manejar a sus devotos por la senda de sus propios intereses, pero es obvio que tampoco el gobierno de Morales se queda manco.

Lo que resulta evidente es que, para reflotar Bolivia, hace falta la aplicación de planes de desarrollo regional que tengan en cuenta las peculiaridades de cada territorio, pues no en todos sucede lo mismo, ni hay igual cantidad de recursos, &c. Lo que ocurre hoy en Cochabamba, como en otras partes del país, es la realidad de un espacio consumido por la pobreza, donde grandes sectores de población siguen inmersos en creencias míticas irracionales, donde el analfabetismo propicia tantas veces —como ahora— la polarización de asuntos relativamente mejorables en cuanto a la forma de administrar los poderes, y desde luego, donde las luchas de influencia intestinas se vienen sucediendo desde hace ya tiempo. A Evo Morales se le presenta, a nuestro juicio, una gran prueba de fuego: la de cómo se enfrentará a las contradicciones del sistema y qué podrá hacer, de su parte, para que haya una mejor cohesión social de los distintos territorios. Desde luego, (tanto por el bando opositor como por el de los fieles «moralistas») la solución no pasa por estos disturbios, que solo pueden contribuir a fracturas sociales nada aconsejables ni oportunas para el proceso reformador en ciernes.


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