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Hasta ahora la mayoría de los medios obviaban dicho suceso, supuestamente ignominioso para «la joven y frágil democracia española»

Rememorando el intento de golpe de estado del 23-F

Este año parece haber un inusitado interés por recordar el intento golpista protagonizado por Antonio Tejero

Miércoles 11 de febrero de 2009, por Grupo Promacos

Estos días varias cadenas de televisión están poniendo un énfasis especial en recordar el intento de golpe de estado llevado a cabo en España el 23 de febrero de 1981, hace ahora 28 años, y que fuera encabezado, de manera visible, por el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero (aun no sabemos quién era «la autoridad militar competente» —el elefante blanco— que debía asumir la Jefatura del Gobierno tras el golpe, cuyo anonimato, ni que decir tiene, hace algo más de tiempo hubiera supuesto una auténtica deshonra para su persona).

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«¡Todo el mundo al suelo!»
Más allá de su autoridad y preeminencia sobre los diputados, Antonio Tejero, junto a Milans del Bosch y Armada, fue la marioneta de una vulgar pantomima el 23 F

Hasta ahora apenas se hacía una breve referencia a dichos sucesos en algún que otro periódico, pero la mayoría de los medios pasaba sobre el asunto como si de ascuas se tratase, como un hecho vergonzoso, una especie de violación de la joven democracia española cuya recordación podría herir la sensibilidad de los tiernos e inocentes demócratas españoles. Lo cierto es que la casi totalidad de la población se encerró en sus casas esperando acontecimientos, sin implicarse activamente en su desenvolvimiento.

Este año, sin embargo, encontramos un inusitado interés por rememorar o, más bien, reconstruir el asalto al Congreso de los Diputados, a pesar de que la fecha no es «redonda», ni siquiera es múltiplo de 10 (la tercera década se cumplirá en 2011). Lo más probable —pensamos desde el Grupo Promacoses que los promotores del recuerdo busquen incidir en la ideología de la Memoria Histórica, ensalzando el actual régimen político y al rey que lo corona, cuyo papel para mantener el orden constitucional actual parece que fue determinante el 23-F. Aunque también es posible que otros encuentren algún parecido especial entre la situación de entonces y la de ahora, y busquen prevenir contra posibles intentonas en el mismo sentido. La cuestión es que, más allá de lo que pretendan algunos, lo cierto es que lo sucedido entonces puede ser entendido por buena parte de los españoles de manera muy distinta a como lo percibieron en su día. A pesar de las dificultades, en 1981 la mayoría de los españoles estaban demasiado «ilusionados» con el mito de la «transición a la democracia», que iba aparejado del mito de la «incorporación a Europa» y al descentralizador «desarrollo del Estado de las Autonomías». Dichos proyectos, cuyas consecuencias apenas vislumbraban algunos, parecían insoslayables, lo que suponía un gran obstáculo para el triunfo de los golpistas.

En la actualidad, sin embargo, buena parte de la población no percibe con tan buenos ojos la deriva que va tomando el desarrollo de la España democrática, europeísta y autonómica, y por eso mismo enjuician de manera muy distinta el fallido golpe de Tejero (muchos apoyaron las palabras pronunciadas por el teniente general José Mena Aguado en enero de 2006). El cuerpo político de España parece descomponerse por días, parece abocado a una distaxia difícil de corregir tanto en la capa conjuntiva (descoordinación lingüística y administrativa, corrupción galopante de los partidos políticos, degeneración moral, del sistema educativo o judicial), en la cortical (menoscabo del ejército y de los poderes centrales del estado a favor de la independencia del poder de las distintas regiones, que cuestionan la unidad del estado o las políticas inmigratorias), y en la capa basal (derroche del sistema administrativo autonómico, dependencia energética o incompetencia productiva).

En 1981 los golpistas no parecían tener alternativas políticas materializables en una corriente viable. A día de hoy, y con un ejército venido a menos, tampoco parece que haya fraguado el partido político que canalice el «desencanto» de buena parte de españoles. De hecho, si en 1981 se estaba desintegrando el partido político que servía de contrapunto al PSOE y a los nacionalistas separatistas (la UCD de Adolfo Suárez), hoy día parece que el PP va por el mismo camino (con el inestimable apoyo del PSOE y de sus tentáculos en todas las instituciones del estado).

De momento no parece haber muchos españoles dispuestos a cambiar el rumbo de la nave. Mientras no haya un grupo de sujetos con ideas y proyectos que polaricen la voluntad de un número crítico de españoles la situación seguirá degradándose indefinidamente. Por eso es importante que dicho conjunto de individuos tengan a la vista de forma mínimamente clara las vías por las que puede transitar nuestra patria frente a otras opciones (aunque no sepan con certeza dónde ir que por lo menos sepan a dónde no ir). Porque su fuerza sólo podrá persistir si su proyectorazónes efectivamente universalista, con posibilidades de acoger a nuevos sujetos de una manera más consistente y eutáxica que otros proyectos.


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