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Desde premisas totalmente metafísicas

A vueltas con la «muerte digna»

Se pretende dejar que muera Eluana Englaro en nombre del formalismo ético

Lunes 9 de febrero de 2009, por Grupo Promacos

De hecho,este fin de semana, el primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, habría revocado una decisión del Presidente de la república, Jorge Napolitano, en el sentido de permitir la interrupción parcial de la alimenación y la hidratación de la paciente, generándose en aquel país una controversia verdaderamente aguda que, curiosamente, aparecería como atravesada crucialmente por el maniqueo y oscurantista mito de la derecha.

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Eluana Englaro y su padre
Objeto de polémica por la confusa y metafísica «muerte digna»

Así las cosas, muchos estarían interpretando estos días —particularmente en Italia sí, pero también en España, &c— que la decisión por parte de Il Cavalieri sólo se sostendría por la circunstancia de pertenecer un tal político italiano a la «derecha eterna» acaso en sus versiones más impresentables y demagogas, incluso populistas, &c. Una derecha permanente, en el fondo enteramente fascista (pues en efecto de fascista se le ha venido acusando a Berlusconi estos días), cuya contaminación católica y oscurantista –-es decir: no laica— habría impelido a Berlusconi a anular la civilizada e ilustrada decisión de suspender los cuidados médicos a Eluana quien, sin duda, tras diecisiete años de coma profundo tendría todo el derecho a «descansar» recibiendo una muerte digna. Asimismo, muchos estos días han estimado conveniente recordar que la interrupción de la alimentación no podría ni siquiera considerarse como eutanasia activa (como fue el caso, por ejemplo, de Ramón Sampedro en España, &c), acercándose mucho más en este sentido a la modalidad pasiva de la misma, mediante la evitación del llamado «encarnizamiento terapéutico» (caso Terri Schiavo, &c).

Ahora bien, desde el Grupo Promacos entendemos que en la medida en que el coma profundo que sufre Eluana ha llegado a hacer mella en su condición personal, por ejemplo en su autodeterminación operatoria, hasta convertirle en un caso de persona cero sin perjuicio sin duda de su condición biológica de individuo humano dada su pertenencia a la especie homo sapiens sapiens, las decisiones relativas a su alimentación e hidratación estarían sin duda más allá de las competencias de la bioética puesto que las virtudes, propiamente éticas, de firmeza y generosidad sólo tienen sentido en relación a las personas humanas. Sin embargo, tal consideración no aconsejaría inmediatamente tanto su «desconexión» de las máquinas que la mantienen con vida cuanto, simplemente, la suspensión del juicio ético sobre el asunto.

Sin duda, tan poco sentido tendría aconsejar, por razones éticas (por ejemplo, en nombre de la generosidad) salvar su vida como exigir lo contrario, por ejemplo en nombre de la piedad. Y es que de hecho los defensores de la aplicación de la denominada eutanasia se encuentran en este caso en un dilema que parece enteramente insoluble; a saber: si el coma de Eluana la ha despersonalizado enteramente, ¿cabrá reclamar piedad eutanásica para una persona cero que, se supone, «ni siente ni padece»?, ¿qué sentido tendría la distanasia en este contexto?. Y si no lo ha hecho, si se supone que Eluana es desde luego una persona ¿cabrá pedir entonces, y razonando para colmo en nombre de la mentada piedad, que se termine con su vida, es decir que se la asesine con una falta de generosidad sencillamente aberrante?

Lo que es más: el mencionado dilema no cede en absoluto en su pujanza lógica por mucho que se apele al expediente escolar de distinguir entre variedades pasivas y activas de la eutanasia clínica puesto que, cabra preguntarse en este contexto, ¿cuál podrá ser el alcance de semejante distinción desde el momento en que se considera la gravedad ética de una secuencia de operaciones por sus consecuencias?, ¿es menos grave éticamente, ex consequentiis, acabar con la vida de una persona disparando a su cabeza (como lo hacen cotidianamente los asesinos etarras) o suministrándole una cápsula de veneno (arsénico por compasión) que dejándola morir por ejemplo de hambre y de sed como se propone en el caso que nos ocupa?

Semejante pretensión sería sin duda absurda por su formalismo ético, diríamos, hiperkantiano tanto más en un caso como el de Eluana en el que, lo que se llama eutanasia pasiva es en realidad una secuencia de operaciones tan activa como pueda serlo la que conduce a la desconexión (en cuya ejecución desde luego resulta preciso involucrar la musculatura estriada de un operario, en particular suponemos de un operario «médico» &c) del cuerpo de Eluana respecto del instrumental que la alimenta siguiéndose, como consecuencia de tal desconexión —insistimos que enteramente activa— la transformación subsecuente de un organismo vivo en un cadáver, esto es: precisamente el tipo de transformación operatoria que estaría, por principio «hipocrático», prohibido en la práctica médica como tal disciplina esencialmente ética. De hecho, los sujetos que llevasen a término semejante secuencia de operaciones eutanásicas podrán, por motivos gnoseológicos, considerarse cualquier cosa salvo, precisamente, médicos excepto por vía de la apariencia falaz.

Todavía más, cuando se invocan fórmulas tales como la necesidad de permitir descansar a Eluana el espiritualismo propio de las premisas de los defensores de la eutanasia clínica llega a unos límites verdaderamente insospechados. ¿Cabe, en efecto, un disparate mayor al menos si nos situamos fuera de las coordenadas de la creencia en vivientes incorpóreos? ¿ De qué suponen los defensores de la interrupción de la alimentación que va a descansar el espíritu de Eluana una vez este se haya desprendido de su cuerpo? Lo que resulta en todo caso ciertamente intolerable es que semejantes disparates hayan venido siendo defendidos, tanto en Italia como en España, por individuos que se consideran como «progresistas y de izquierdas».

En el Grupo Promacos entendemos que por las razones citadas, la desconexión de Eluana podrá sin duda defenderse en nombre de fundamentos económicos, estéticos o incluso de razones de intendencia en la administración de un hospital, &c (de hecho este tipo de consideraciones relativas a la buena gestión de los recursos suelen estar, en muchas ocasiones a la base de prácticas eutanásicas como las llevadas a cabo por el Dr Montes, &c), pero en ningún caso en el nombre de la ética. De hecho, y dada en particular la circunstancia médica de que el coma de Eluana no es necesariamente irreversible, la decisión de Berlusconi de mantenerla con vida nos parece sin duda una decisión muy prudente.


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