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Si nos plegamos al chantaje secesionista que plantea el terrorismo de ETA

Los españoles «exiliados» dentro de España

Somos todos

Lunes 5 de enero de 2009, por Grupo Promacos

Todos los vascos y navarros que han decidido vivir fuera de su Comunidad Autónoma, en el mejor de los casos por no soportar el asfixiante ambiente ideológico que ha impuesto el nacionalismo, incluso por salvar su propia vida y la de sus familias en el peor, tienen la oportunidad de exigir su voto en las próximas elecciones autonómicas, gracias a la propuesta conjunta de César Velasco Arsuaga, ex Subdelegado del Gobierno en Álava durante el gobierno de Aznar, y la Fundación para la Defensa de la Nación Española.

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Terroristas de ETA
Han provocado por su violencia el «exilio interior» nada metafórico de miles de personas, desterrados a otros lugares distintos a los que habitaban

La Fundación DENAES ha elaborado una solicitud que se puede ver en la portada de su web para que todos ellos se hagan presentes, al menos, a través de su voto, en los lugares que tuvieron que abandonar de forma involuntaria, y de cuya ausencia sus nauseabundos gobernantes, y sus nauseabundos vecinos amordazados, seguramente estarán contentos.

Lo que ha venido siendo una petición no cumplida de asociaciones como la de Víctimas del terrorismo y el Foro Ermua, tiene con este nuevo impulso una oportunidad, al menos, de dejar otra vez en vergüenza el conchabamiento del poder político con la mafia del terrorismo secesionista.

El Grupo Promacos, con todo, dando todo el eco que se merece a semejante propuesta, y en apoyo de la misma, precisaría el concepto de «exilio» utilizado en la expresión «un exiliado, un voto» con la que sus promotores han querido titularla. Acaso en virtud de su impacto publicitario, adolece sin embargo del uso del propio concepto de Nación política desde el punto de vista secesionista, confundiendo lo que es exilio, que implica expulsión del territorio nacional, con acaso un desplazamiento dentro del mismo territorio que sería más acorde en español con «destierro».

Según el diccionario de la Academia española el exiliado es el expatriado, el individuo que se ve obligado a abandonar su patria, o sea, su Nación política, que en este caso no es otra que España, salvo que se ampliase el concepto hasta la «patria chica» y que por su uso familiar no es desde luego el que tiene sentido aquí.

La pena del exilio es una de las penas antiguamente considerada la más grave a la que podía ser sometido un individuo con excepción de la pena capital. Sócrates, en su famoso juicio, incluso prefirió la cicuta antes que tener que vivir fuera de Atenas. Pues aún más repugnante es, no ya que el Estado por medio de la ley te expulse de tu lugar de residencia, sino que sean tus propios vecinos los que te decreten de hecho, por una ley no escrita, una especie de muerte civil.

Afortunadamente está el resto de España para vivir, de la que, insistimos, estos españoles no se han exiliado. Ahora bien, ¿cómo limitar al territorio de las Vascongadas y Navarra esta omertá impuesta por ETA con la connivencia del nacionalismo?

Bajo el Imperio romano se dio el nombre de relegatio a la pena impuesta a quienes se les fijaba la residencia obligatoria en un lugar determinado dentro del Imperio. Y si la libertad de residencia en todo el territorio nacional es un derecho de todo español, ¿no hemos aceptado el resto de españoles la relegatio cuando se nos ha eliminado de hecho la posibilidad de vivir en determinadas zonas de España como, no sólo el País Vasco, sino también Cataluña, por nombrar los casos más sangrantes?

El viaje del destierro sufrido por los ciudadanos vascos y navarros tiene que darse también en el doble sentido para el resto de españoles. No podemos aceptar que «ellos» hayan solucionado sus vidas por el hecho de que no tengan como vecinos a los matones que ejecutan la sentencia terrorista. Los residentes del resto de España, si se mantienen en silencio, colaborarán con un coto privado de asesinos que se han impuesto sobre el país entero.

Y es España entera la que será un lugar, ahora sí, del que exiliarse.


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