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«Todos estamos de acuerdo en los contenidos de la Declaración mientras no se nos pregunte por qué», afirmó Jacobo Maritain

Sesenta años de consenso en nombre del «Hombre»

El 10 de Diciembre de 1948 tuvo lugar la proclamación de la Declaración de los Derechos Humanos

Miércoles 10 de diciembre de 2008, por Grupo Promacos

El 10 de Diciembre de 1948 se firmó en la Asamblea General de las Naciones Unidas, continuación de la fracasada Sociedad de Naciones, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, con la que se pretendía pasar página a los horrores de la Segunda Guerra Mundial, ejemplificados en el nazismo, y que daría paso a una nueva Humanidad unida por encima de intereses egoístas y partidarios

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La ONU
Pretende, desde su panfilismo, que los derechos humanos sean aplicables a la fantasiosa sociedad universal

Muchos destacaron el consenso tan grande producido en torno a la Declaración, considerada así el culmen del ecumenismo. Sin embargo, pronto surgieron las dudas entre los firmantes. Así, el dominico francés Jacobo Maritain afirmó que «Todos estamos de acuerdo en los contenidos de la Declaración mientras no se nos pregunte por qué», lo que ya señalaba profundas divergencias entre quienes elaboraron el documento.

De hecho, como ya señalamos a propósito del treinta aniversario de la Constitución española de 1978, un consenso no tiene por qué ser algo positivo ni indicar acuerdo. Y en el caso de la adhesión a la Declaración, el consenso era síntoma inequívoco de profundísimas divergencias: los países capitalistas estaban de acuerdo con el documento, siempre que sirviera para desarticular a la Unión Soviética, que no suscribió la Declaración de los Derechos Humanos por estar inspirada en la ideología del individualismo burgués, diagnóstico en el que desde luego el imperio soviético estaba muy bien encaminado.

Por contra, los países subdesarrollados estaban de acuerdo con la Declaración, pero para librarse del colonialismo depredador de muchas potencias capitalistas cuyos días imperiales estaban contados: Francia e Inglaterra vieron pronto el fin de sus respectivos imperios depredadores coloniales, mientras el imperialismo de Estados Unidos iba expandiendo las democracias homologadas y luchando contra el comunismo en el marco de la naciente Guerra Fría.

Sin embargo, desde el Grupo Promacos no podemos decir que la Declaración Universal de los Derechos Humanos sea inane o estúpida. Sí restringiremos su importancia a la escala de los derechos éticos, es decir, los relativos a la conservación del cuerpo humano individual, aquel que es igual al resto de los 6.500 millones de sujetos humanos «sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición», como afirma el Artículo 2.1 de la Declaración de Derechos Humanos.

Pese a todo, reduciremos la importancia de esta Declaración a la luz de otros precedentes importantes: el Derecho de Gentes proclamado por Francisco de Vitoria durante el siglo XVI, por el que España, en tanto que imperio realmente existente tenía derecho a la libre circulación (ius communicationis) y al libre comercio, pudiendo someter a los bárbaros que se negasen a incumplir ese derecho —situación análoga a la que inspiró la Guerra de Iraq del año 2003—. Tampoco podemos olvidar la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en el marco de la Revolución Francesa, que ya percibía la diferencia entre los derechos éticos del Hombre y los políticos del Ciudadano.

No obstante, desde el Grupo Promacos criticamos toda la demagogia existente alrededor de los Derechos Humanos que encubre la distinción entre derechos éticos y derechos políticos dentro de cada Estado. Los Derechos Humanos, al no tenerse en cuenta esa distinción fundamental, son usados para justificar todo tipo de tropelías. En España, por ejemplo, se apela a los Derechos Humanos cada vez que los separatismos racistas y clasistas más nauseabundos intentan justificar la imposición de sus lenguas minoritarias o de una administración «no centralista», presunta aplastadora de «hechos diferenciales». Se dan así estos grupos mafiosos un barniz políticamente correcto que les permite justificarse, desde la legalidad también, para seguir acometiendo sus barbaridades.

Los argumentos que suelen escucharse en contra de semejante manipulación apelan sin embargo a los mismos Derechos Humanos, sin percibir la naturaleza ética de los mismos. Pero cuando se produce un conflicto de tal naturaleza que compromete la existencia misma del Estado de referencia, no puede resolverse, en contra de lo que afirman los fundamentalistas democráticos, apelándose a los derechos humanos sino a la fuerza de que se disponga para mantener la soberanía e imponer los propios puntos de vista. Como bien dijo Marx, entre dos derechos iguales decide siempre la fuerza.


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